- Brooklyn, ahí está -
Gruñó sin sacarse el cigarrillo de la boca.
En la pared una cucaracha pasaba en diagonal.
Madame Meiffer y su baraja española no se equivocaban más que en el hipódromo.
Afuera el sol de noviembre le calcinaba los ojos.
Pidió un Taxi directo al Aeropuerto. El adelanto de su cliente le permitió comprar un boleto en primera clase, no estaba acostumbrado a viajar con tanto lujo. En NY se encargaría de las herramientas.
Durante el vuelo bebió más de la cuenta siesta. En La guardia tomó un taxi a Brooklyn. Se registro en un hotel de poca monta y le pidió al recepcionista que mandara una botella de whisky, uno bueno y una chica. Fue un buen polvo. Se olvidó de conseguir las herramientas.
Tan temprano como le permitió su resaca indagó por las calles y negocios. No hubo resultados hasta la noche. Al salir de una pizzería en Williamsburg un par de mastodontes de color lo arrastraron a un callejón para darle la advertencia y golpiza reglamentaria, iba por buen camino, aunque le dolió no tener con que defenderse.
En el hotel hizo un par de llamadas. Para la media noche deberían llegar las herramientas y la chica de la noche anterior.
Le gustaban sus manos cálidas. Las mujeres buenas tienen las manos cálidas
Esa segunda noche se paseo desnuda por el cuarto observando con cuidado las pocas posesiones de nuestro protagonista (decir héroe es demasiado).
Tomó la foto de Violeta y la miró con atención mientras él contemplaba sus caderas infinitas.
- Es la nueva Novia del señor R.
El señor R, según le contó su chica, era un jefe de la mafia, cumplía con todos los clichés: elegancia, poder, brutalidad. Una vida semi-publica.
Las cosas estaban más a su favor de lo que hubiera podido esperar aún con todos los amuletos de Madame Meiffer. La interrogó. Un par de llamadas después sabia que esa noche había fiesta en el penthouse del señor R.
Quedaron para la noche siguiente. Bebió. Se guardó el arsenal. Pidió un taxi en la recepción.
Colocó una medalla de San Benito bajo su lengua antes de bajar del vehículo. En uno de los callejones cercanos esperó. A las seis de la mañana los guardias de la entrada se retiraron. Él entró con el primer rayo de luz solar.
Subió por las escaleras de servicio. Mala situación para ser fumador.
Los mastodontes de unas horas antes hacían guardia. Ya armado le tomó un par de minutos reducirlos a polvo.
La entrada del penthouse cuidada por un pelotón de chicos malos, que cayeron al estrepitoso ritmo de una furiosa Tommy gun.
Derribó la puerta de dos patadas, una no fue suficiente.
En el centro del hall, como gusanos retorciéndose, una docena de cuerpos desnudos revolcándose unos contra otros y en medio de aquel festín de pecado, ella, Violeta, la niña de papá, la hija ejemplar, la victima del diablo presidiendo la orgía como una sacerdotisa de la carne. Con premura arrojó un manojo de botellas a las que, en pleno vuelo reventó a tiros con tal de bañar a cada participante. Simultáneamente arrojaba un encendedor alumbrado. Fuego.
- Papá dice que lamenta que haya tenido que haber hecho esto y no haberte podido proteger.
Entre las llamas los cuerpos de sus victimas se desfiguraban en formas antinaturales, en pesadillas encarnas, en obscuridad y maldad. El fuego se propago, rápidamente, la efectividad de la gasolina bendita era casi milagrosa.
R observaba desde las sombres la masacre de sus congéneres, de su amada, de su familia, de los gobernantes de esa ciudad... tendría que reconstruir casi desde cero, pero por sobre todo, su amada Violeta, convertida en cenizas... de pronto nada.
El cuerpo de R fue reducido a una pulpa sanguinolenta y luego en polvo cuando, él, le vació el cartucho de la tommygun. Los bomberos llegaron cuando el apenas salía del edificio.
Esperaría un par de días para comunicarse con su empleador, deseaba conocer más de NY, además ya había quedado con su chica para esa noche.
domingo, 19 de noviembre de 2017
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