Saúl Díaz abre los ojos, esta rodeado de tinieblas. La temperatura del lugar es fresca, casi fría, pero eso nunca le ha molestado, al contrario.
Abre la boca y escapa un bostezo profundo, prolongado y lento, propio de un sueño tan largo como del que acaba de despertar. Intenta estirar sus entumidos brazos, pero no puede, una pared oculta por la oscuridad se lo impide, de la misma manera que con sus piernas.
De pronto el aire le parece poco y las paredes invisibles lo constriñen. La conciencia se apaga y el horror lo inunda. Quiere gritar pero ningún sonido sale de su boca. Intenta llorar pero sus ojos permanecen secos. Se estremece con todas sus fuerzas, con violencia, hasta que ya no puede más.
Quieto en la oscuridad, un pensamiento cruza su mente: la fuerza no lo ha abandonado, todo lo contrario. Con la determinación de un héroe de película, golpea los muros de la prisión usando sus manos desnudas.
Pasa el tiempo, un tiempo indescifrable, las horas y los minutos solo existen en la luz. Las paredes de la prisión han cedido, pero ahora se enfrenta con cemento y piedra. Los reconoce por el tacto, piensa que alguien lo debe odiar terriblemente para tomarse tantas molestias.
Un hambre atroz lo invade. Un hambre que le hace arder las entrañas, doler la cabeza y las extremidades, pero también lo llena con una fuerza que alcanza a reconocer como sobrehumana, solo entonces, el cemento y la piedra ceden.
Tierra, tierra fresca, tierra suave, tierra que lo acaricia y aunque el hambre no desaparece, por primera vez desde que despertó siente un poco de paz y placer. Como un neo nato se arrastra por entre la tierra que lo abraza, listo a nacer de nuevo, estira los brazos con desesperación y esperanza, y de pronto siente su mano ligera.
Es la sensación del aire, del mundo. Lo consiguió, es libre, conquistó su derecho a vivir. Por un instante olvida el hambre y sonríe tanto como puede en esos últimos centímetros hacia a la libertad.
Su cabeza alcanza la superficie y es cegado por la luz de la luna. El tiempo vuelve a pasar, los segundos recuperan su significado, le toma unos cuantos adaptarse a la luz.
Dirige al mirada al cielo y reconoce la estrellas y la luna, nunca le habían parecido tan bellas, ni tan grandes, ni redondas, ni coloridas. Finalmente deja escapar una lagrima. Al cabo de algunos minutos de contemplación baja la mirada.
Solo cuando deja de mirar el cielo se da cuenta de que esta rodeado de tumbas. De algunas provienen gritos ahogados, en otras la tierra comienza a moverse como si fueran a reventar y en las menos, se ven personas luchando por escapar de sus sepulcros igual que él.
Gira sobre si mismo y lee en piedra:
Saúl Díaz Vallejo.
1985 – 2010
El hambre a vuelto.
3 comentarios:
Elíaaaaas!!! Ya tienes cuentitos nuevos...
Me gustó éste, pero no me quedó muy claro todo... Por qué todos intentaban salir de sus tumbas? Eran zombies? =S Eso explicaría el hambre atroz y fuerza sobrehumana... Aunque quién sabe...
Lindo! Luego seguiré leyendo más.
Bye.
Lilia
brocooliii que chido escribes :3
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me gusto esto -. Es la sensación del aire, del mundo. Lo consiguió, es libre..
yo kiero sentirme asì :) te kiero
´n.n
muy bueno como todos... te falta subir un borrador jajja muy erotico q tienes por ahi...
besos...
Persefone Kali...
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