El eterno vibrar del camión, el sonido felino del motor, las largas distancias a recorrer y la elevada temperatura en el interior de la unidad, hacen del transporte publico el lugar perfecto para tomar una siesta.
El chofer de la unidad en la que viajaba Ezequiel Guerrero, conducía a toda velocidad, bajo los efectos del polvo de coca. Fue en la calle Buenavista que ante el cambio abrupto de un semáforo rebelde, el chofer se vio en la necesidad hacer un frenado de pánico. Llevando al suelo a la mayoría de los pasajeros y en el caso del dormitante Ezequiel Guerrero le estrelló la frente en el asiento de adelante.
Despertó con una fuerte punzada en la frente y los ojos invadidos de sangre tibia.
Un poco fuera de si por aquel abrupto despertar se sobó la frente y miró alrededor. Cual fue su sorpresa al notar que el resto de los pasajeros lo observaban con repulsión cuando ellos mismos, a falta de una mejor palabra, tenían un aspecto monstruoso. La carne colgante, pústulas gangrenosas, miembros despedazados, y sin embargo era a él a quien veían con desagrado.
Bajó vomitando del microbús, solo para toparse con un mar de personas con la misma apariencia, la misma mirada y una peste mas allá de cualquier concepción.
Tomó un taxi. El conductor era un anciano que amable le preguntó de donde venia y si acababa de llegar a la ciudad. Ezequiel, extrañado por la naturaleza de la pregunta, siendo, él mismo, un estereotipo ambulante de aquella ciudad. Cuando preguntó la razón de la pregunta, este le señalo a la par que mostraba el flanco izquierdo de su cara que no se veía como los locales.
El lado izquierdo del rostro del chofer carecía de carne salvo por el ojo.
Contuvo las ganas de bajar gritando, pero aguanto hasta su calle pero era diferente, no reconocía ninguna casa.
van a ser 70 necropesos - dijo el conductor descarnado, y rió al ver el dinero con el que Ezequiel intentó pagarle – necropesos, no dinero de juguete niño – dijo el anciano descarnado, habiendo perdido todo rastro de amabilidad.
El taxista bajó y dio la vuelta al auto, abrió la puerta sin disimular su enojo y bajó a Ezequiel a punta de golpes y mentadas de madre. Sacó una navaja del bolsillo trasero del pantalón, exigiendo su dinero a gritos.
Poco a poco se congregó una monstruosa multitud de curiosos. El anciano taxista empezaba a presionar la hoja de la navaja contra el cuello de Ezequiel. Él, instintivamente estiró la mano dentro de su morral, topando con el frío tacto del revolver colt. 9mm.
Sintió una gota de cálida sangre empezar a recorrer el largo de su cuello, el anciano conductor seguía gritando con la furia de un poseso. Ezequiel sacó el revolver con velocidad propia de una película.
Un tiro de la poderosa arma bastó para reventar la cabeza del taxista como un globo de piñata.
Vio el cuerpo del taxista caer en cámara lenta mientras los trozos de cabeza volaba en todas direcciones. Cuando escucho el seco sonido del cuerpo azotando se sintió a aliviado.
Contra toda lógica no sintió el menor remordimiento de lo que acababa de realizar. Ezequiel estaba libre de cualquier sentimiento de culpa. Lo que acaba de matar no era una persona, sino un monstruo como todos quienes lo rodeaban, seres abominables que procurarían su destrucción.
No soportaba esas miradas ni esos ojos sin brillo ni aquellas posturas enfermizas, no toleraba el cielo rojizo, el viento frío, el olor a podrido.
Arremetió contra la multitud observante.
Uno a uno los curiosos fueron cayendo despedazados por el arma, doblemente efectiva en la carne putrefacta. Vació una roda, recargo y continuo su labor asesina.
No solo no sentía remordimiento, la muerte de aquellos seres le generaba un placer indescriptible. Verlos caer convertidos en forma de pulpas sanguinolientas. La percusión de cada disparo, el sonido de la carne siendo quemada, desgarrada, cada paso en el proceso de destrucción le hacía sentir pleno.
Pronto se vio rodeado de policías, seres del mismo tipo que todos a quienes había ejecutado esa tarde. Sin embargo lejos de amedrentarse su deseo de matar aumento, confiriéndole un nuevo nivel de resistencia.
Caía el cuerpo de Ezequiel Guerrero al suelo con 17 balas alojadas en su cuerpo y otro tanto de orificios.
Se cargo a 5 policías y recibid 22 tiros antes de ser abatido por el peso del plomo oficial.
Mientras caía pudo ver su obra. La calle estaba teñida de rojo. A su alrededor estaban tirados mas cuerpos sin vida de los que pudo contar y su ultimo gramo de humanidad le hizo una mala jugada.
Él era el peor de todos los monstruos que habían muerto aquella tarde, pensó mientras se sumía en la oscuridad.
1 comentario:
:O creo q solo me dieron ganas de volver el estomago despues de comer tanta salsa en las papas a la francesa... pero muy bueno como siempre...
Persefone Kali...
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