jueves, 22 de diciembre de 2011

Esos días raros


Hay día de sol, días de agua, arena, viento. Cada día nace de una sustancia y tiene una naturaleza, pero hay días que están hechos de otra cosa, de algo desconocido, sin nombre. Incluso la naturaleza falla en darle forma.

Son días amorfos en los que el sol de julio esta rodeado de nubes septembrinas que aspiran a ser negras o pedazos de cielo tan azul sueño. En esos días indefinibles se nos escapa la nostalgia y la bienaventuranza de manera simultanea. Se nos antoja leer, fumar, andar en bicicleta, besar, bailar, correr en dirección al sol.

Es en esos días indefinibles, en que las musas pululan en el aire cual mosquitos en el manglar. Estas nos picotean las piernas, brazos, cuello y hasta las nalgas con la fiereza de un colibrí hambriento con tal de sembrar bajo nuestra piel la semillita de la creación.

Tres acordes en progresión; un verso virgen; un trazo sucio de carboncillo sobre el papel; una escena teatral redactada en la servilleta de un café; un ingrediente extra en las quesadillas suizas.

Pero no todo es bello en esos días extraños. Las musas, la sustancia, la semilla implantada tienen resaca de la locura o zozobra; desesperación de ser; al inconformismo o la critica desmedida. El precio a pagar por una musa inoculando el cerebro puede ser alto.

Más extraño que un día como estos, es su noche. Como si legiones de horrores nocturnos se dieran cita en las sombras de las calles de la ciudad. Un macabro carnaval de sombras, en las que no se distinguen los monstruos pero se reconocen en el vaivén de los arboles y las palmeras, casi como si pudiéramos escuchar sus pazos bestiales.

Y todo termina cuando asoma nuevamente el sol, por el horizonte. Y el día asume una nueva forma y otra sustancia de sol, nube, agua, viento, arena o cualquier otra y es entonces que se termina el delirio inducido por las musas. Estas se marchitan como flores y sólo quedan garabatos como muestra de que existieron. Los horrores nocturnos regresan a la cueva de nuestros oídos, para dormir cobijados por nuestras pesadillas sin soñar.

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¿por qué deje de escribir?  habrá sido que ya no tenía una laptop funcional... que la pizzería se puso cada día más ruda, descubrir el tikto...