
La luz rojiza de aquella casa de mala nota acentuaban los ojos hundidos, la barba sin rasurar, la ropa olorosa a sangre que portaba Aniv de la Rev.
Aniv, gustaba de enfrentar situaciones difíciles. Situaciones que llevaran al límite su resistencia. Aquel día sin embargo, se había extralimitado.
Marlene, era un manojo de misterios. La conoció por accidente en el malecón de Mazatlán. Esa noche tuvieron su primer cita. La química se dio al instante. Quizás fue el mar, quizás los efectos del alcohol, lo único seguro es que esa noche hubo magia.
A los dos meses ella se vino a vivir con él, a los tres intentó asesinarlo.
Primero su amante, luego su ejecutora. Nunca olvidaría el brillo de sus ojos asesinos. "La vida es dulce cuando sangras, cariño" le dijo con voz de calentura cuando lo apuñaló en el hombro. La sonrisa enfermiza de Marlene heló la sangre de Aniv.
Una vez que Aniv desarmó a su amada, escuchó un V8 estacionarse fuera de la casa. Aniv conocía bien ese tipo de motores y el tipo de pasajeros que solían usarlo. Saltó por la ventana. Huyó. Logró evitar que las balas con su nombre dieran en el blanco.
No le resultó difícil perder a Marlene y su sequito. Estaban en su pueblo, donde él se movía como el viento por las calles. Pasó horas en un escondrijo buscando una solución que no fuera la obvia. Fracasó.
Escogió a la chica de vestido rojo. Su cabello estaba húmedo, su piel también. Ella le sonrió en cuanto la llamó. Esa sonrisa le entibió la sangre.
Marlene estaba en la computadora. El cañón del revolver recostado contra su nuca fue la forma en que Aniv dijo “hola”. Marlene tragó saliva.
- ¿Por qué? – Preguntó Aniv con voz dolida.
- El jefe te quería muerto – respondió Marlene, con la voz quebrada de miedo a morir.
- Te amaba - dijo Aniv, con el alma colgando de un hilo.
“Yo no”, intentó responder Marlene, pero antes de que la primer silaba saliera de su boca, Aniv jaló el gatillo. Tenía miedo de escuchar lo que ya sabía.
Un elegante agujero humeaba en la frente de Marlene. El monitor estaba salpicado de sangre. Aniv, observó el bello cadáver mientras su corazón asumía la forma de una pasa.
Pudo haber huido, pero su naturaleza le hizo quedarse. Quien cruzara por la puerta se convertiría en el chivo expiatorio de su dolor.
Los cinco guardias de su otrora amada, cayeron por el beso cruel de su Walter P38. Seis tiros, seis cuerpos.
Caído el último de sus enemigos, caminó al baño. El espejo le mostró que bajo las incontables gotas de sangre atomizada, había un rostro diez años más viejo. Necesitaba algo que le aligerara el alma.
La faena había terminado. La prostituta del vestido rojo dormía a su lado. Seguía sonriendo. Le gustaba la sonrisa de aquella niña. Había hecho bien en ir a ese lugar. Su corazón de pasa se hidrato un poco.
Aun le dolía la traición y lo atormentaba la idea de que dentro de unos minutos le llamaría el gran Quesote para avisarle del fin de la tregua y la guerra inmediata.
Durante los meses siguientes tendría el papel de cazador, se teñiría las manos de rojo con sangre de sus rivales, más no enemigos. Posiblemente un tiro a traición acabaría con él, y su cuerpo despedazado sería arrojado en algún lugar público para generar psicosis.
Decidió olvidarse de todo lo que se aproximaba. Se limitaría a disfrutar de la sonrisa dormilona de su amante contratada, al menos hasta que sonara el teléfono o quizás un poco más. Aún tenía que decidir.
